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¡Dr. Watson! Muchas gracias por tu comentario (: Me alegra que te haya gustado y que lo consideres macabro. Esa era la idea desde un principio. Creo que tenés razón en que no dejé nada a la imaginación del lector, y coincido en que eso es un punto en mi contra. Lo tendré muy en cuenta en el futuro; ¡gracias!
Acá dejo un FanFic de Harry Potter. Es el único que he escrito hasta ahora que, por lo menos, no me disgusta. Tiene casi un año de escrito, pero aun así quería dejarlo acá.
¡Saludos!

***

Aún hoy, después de tanto tiempo, no sabes bien qué fue lo que pasó aquel día. Pero en este momento, en tu lecho de muerte, ya no te importa. Tal vez, algún día lo hizo. Ya no lo sabes, ya no lo recuerdas. Todo se ve confuso, difuminado y lejano para ti. Tantos inviernos han llegado para irse, que sencillamente has olvidado lo que en algún momento pasó; porque eso es lo mejor para ti. ¿Qué sentido tiene intentar retener el pasado, si luego sólo lo olvidarás?
Imágenes poco claras invaden tu mente, torturándote lentamente, pero ya no te importa. No tienes fuerzas para intentar detenerlo; por una vez, lo dejarás ser. Dejarás que todo siga su curso y aguantarás lo que tengas que aguantar. Porque sabes que ya no te quedan más que unos pocos días de vida.
La lluvia cae con pulcritud, limpiándote de toda culpa, liberándote. Mas tú sólo sientes un frío que te cala hasta los huesos y te estruja el corazón. Te sientes reprimido, como si estuvieses inmovilizado por tus acciones pretéritas. Llevas muchas muertes en tu haber, pero sólo una de ellas te importa. Las demás sencillamente debían ocurrir, por el bien de todos.
Pero ese asesinato que cometiste, sin haberlo buscado, por haber perdido los estribos, te lastima como un dolor físico. Es un grabado a fuego, que te inculpa y se regodea de ti y tu sufrimiento lentamente, matándote. Es impecable y omnipresente, y te resulta imposible borrarlo.
Estás envejeciendo. Ya no luces joven y jubiloso como solía ser. Tu piel se ve pálida y reseca, hasta arrugada. Tus ojos han perdido ese brillo que los caracterizaba, y níveas mechas pueblan tu cabello.
Dumbledore. Todo es su culpa; de él y tuya. Aun así, si pudieses escoger entre haberlo conocido o no haberlo hecho, volverías a elegir el sí. No sabes cómo fue todo, y menos ahora, encontrándote en este estado en el que estás sumido. En esa aparente calma, en esa apacible paz, que es sólo un vano intento de ocultar esa locura que te carcome por dentro.
Intentas recordar qué sucedió y cómo fue. Pretendes reconstruir lugares y momentos, sentimientos y experiencias. Sabes que esa sensación que nació en tu interior no fue para nada súbita, sino que se trató de algo lento y progresivo; sin embargo, aún no lo comprendes.
La reconstrucción de los hechos resulta ser un trabajo arduo y engorroso, luego de tantos años. No te cuesta admitir que lo has querido. Es discutible si sigues haciéndolo o no, porque realmente ni tú mismo lo sabes. Tal vez ya no lo admiras como solía ser en un inicio. Mas todo resulta tan confuso, que es imposible saberlo ya.
Sigues recostado en el suelo de aquella prisión en la que fuiste encarcelado hace tiempo, meditando. Cuestionándote qué fue lo que sentiste por ese hombre, por tu verdugo, por quien te encerró. Qué sentiste antes, pero también, te preguntas qué es lo que sientes por él en este mismo momento. Intuyes que lo sabes, pero no puedes admitirlo. O tal vez, no quieres admitir que sigues amándolo con el mismo fervor que en 1944.
El viento sopla con fuerza y la lluvia sigue cayendo, perlando tu rostro con sus cristalinas gotas. Quieren curarte, pero tú no las dejas. Porque todavía sientes la culpa embargando cada partícula de tu ser. Anhelas con enajenación que esa sensación tan desagradable desaparezca. Has sufrido demasiado por haberte enamorado de él, y te encantaría ponerle un alto a tanto dolor.
Al pensar en eso, te enfureces contigo mismo, como el primer día: sigues sin entender cómo te embelesó. Quizá, fueron sus ansias de poder, tan similares a las tuyas. Esa mente dominante y de conocimientos ilimitados que podría ayudarte. Pero terminaste acostumbrándote a él. Posiblemente, te dices para consolarte, no fue más que deseo, lujuria, obsesión. Pero sabes que todo él te cautivó, como nadie, jamás, lo hizo ni lo hará.
Ardes como el fuego al saberte descubierto por tu propio corazón. Esa inseguridad es quien te delata, de la mano de ese rubor casi imperceptible que tiñe tus mejillas, haciéndote lucir sólo un poco más vivo.
Entonces, como te ocurre siempre que admites para ti mismo que lo has amado, recuerdas ese día; ese horrendo y fatídico día, donde todo lo que tu vida fue se cayó en pedazos. Las imágenes de esos momentos de desesperación están y estarán presentes en ti siempre, porque sabes que todo fue tu culpa.
Recuerdas haber pronunciado el hechizo asesino, mas sólo desearías olvidar. No obstante, ni siquiera lo intentas ya, luego de tantos años, ya que tienes la certeza de que te resultaría imposible. Comprendes que fuiste tú el que la asesinó, sin pretenderlo. Tan sólo perdiste la razón, la cordura y dejaste que fuera lo que debía ser. No pensaste antes de lanzarlo, porque simplemente así eres tú. Ahora tienes que pagar por ello y, aunque te duela, sabes que es justo.
Ese día parecía ser como cualquier otro. Pero cuando fuiste a buscarlo, él estaba diferente. Dumbledore parecía estar más tenso que de costumbre y tú no querías perder el tiempo. Te enojaste con el idiota de su hermano, que no quería dejarlos partir. Aberforth sólo parecía querer arruinar todo lo que ambos habían estado planeando desde el inicio.
Con los nervios de punta, sin estar ya en tus cabales, empezaste a discutir con él. Cómo recuerdas esos momentos y te arrepientes, tendido en esa oscura celda en la que ahora estás. Ese hechizo imperdonable que enviaste, que te marcó de por vida. Lo torturaste e hiciste que él se enfureciese. Tu mente te decía que te detuvieras, pero no la escuchaste. No te importó pensar que todo podría terminar para ustedes dos.
Entonces, súbitamente, veías cómo estaban los tres lanzando conjuros sin razonar, como si no fuesen seres humanos. Olvidando que los poderes les habían sido concedidos para que luchasen por el bien de todos, y no para que se rebajasen hasta ese extremo.
En ese momento, en medio del caos y de la catástrofe que se cernía sobre el ambiente, divisaste, como en cámara lenta, en un estado de subversión, esa imagen que te marcaría de por vida. Lanzaste el maleficio asesino, sin notar ya qué estabas haciendo, y viste cómo le daba a ella, que estaba asustada y fuera de control. Impactó de lleno en su pecho y pudiste ver cómo ella caía, caía, y caía…
Observaste con tus propios ojos cómo matabas a Ariana Dumbledore, cómo la vida se escapaba, escurridiza, de su mirada, por siempre.
Acto seguido, fuiste testigo de la trágica escena que le sucedió a la muerte de la joven muchacha. Ya no habían rayos de luz que cruzasen el aire, ni ruidos molestos que pudieran despertar a los vecinos. Ya no quedaba nada, más que vacío. Presenciaste la incredulidad reflejada en el rostro de Aberforth, y la tristeza entrañable de quien conoce el drama de cerca. Viste cómo Albus se derrumbaba, cómo las lágrimas invadían su rostro, indomables. Sentiste cómo su corazón se partía en mil pedazos. Entonces, tuviste la estúpida idea de que él se estaba marchando con Ariana.
Por eso fue, tal vez, que huiste tan abruptamente, sin decir adiós. Porque sabías que, después de todo lo que habías hecho, después de todo el sufrimiento que habías causado, no merecías dirigirle unas últimas palabras al único hombre que te había interesado jamás. Fuiste tú el causante de toda su desgracia, y te odiaste por ello con todo el fervor de tu alma.
Fue en ese momento, en el que te desaparecías del país, cuando tuviste la certeza de que jamás podrías dormir bien de nuevo. Porque habías asesinado a la hermana menor del amor de tu vida; porque te sentías una basura y ya no había nada que tuviera sentido para ti.
Seguiste luchando por los planes de ambos, tal vez, en un intento de preservar ese pasado tan entrañable, que se había escapado de ti y ya no estaba al alcance de tus manos. Ya nunca volviste a sentir nada como lo que él te había hecho experimentar.
Por el respeto que aún le tienes, tomaste la decisión de no volver verlo a verlo nunca más, por mucho que se te partiese el corazón. Sin embargo, el destino tenía otros planes para ti. Volviste a encontrarte con él y no te importó salir derrotado. Dejaste que se vengase, aunque no lo supiese, por todo el mal que a él le habías causado. Porque desde ese día en que manchaste tu alma, estabas vencido.
Hoy sigues ahí encerrado, tendido en el suelo de la oscura celda, bajo el cielo negro. Sabes que mereces pudrirte ahí, y ya no te importa. Gritas por la absolución, aunque no la merezcas. Sabiéndote cerca del final, derramas esas lágrimas que habían pugnado por salir desde aquel fatídico día, sin que nada te importe ya. Ruegas por su perdón.
Y, finalmente, te dejas ir. Sabes que no morirás hoy, pero no te importa. Dejas que tu alma flote, que se libere de ti. Dejas que se vaya con él, para siempre. Porque has perdido la batalla y ya no puedes sentir. Eres impune a todo dolor, ya que no hay nada que se asemeje al sentimiento de culpa que te invade y que está volviéndote loco.
Sabes que ya no tienes corazón y que, por fin, te has librado de todo sentimiento. No importa cómo mueras ya, porque estás flotando en el limbo y dejarás que el destino haga contigo lo que quiera. Porque así es como mereces ser tratado.
Pierdes toda la razón y cordura que solías conservar, y te dejas ir. No importa que Voldemort vaya a matarte en unos días nada más, porque tu vida ya se gastó con todo los males que has cometido.
Y lo último que sabes, en tu inmenso sufrimiento dormido, es que él jamás te perdonará, porque no lo mereces.
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¡Dr. Watson! ¡Buenas! Como siempre, muchísimas gracias por seguir leyéndome fielmente. Yo no creo que sea una buena historia de terror (de hecho, me parece que es incapaz de asustar a nadie), pero no me parece que esté tan mal tampoco. Gracias también por dejarme siempre tus opiniones, críticas y consejos, son realmente muy útiles. Acá vengo a dejar otro cuento, que me gusta un poco más que el anterior pero que no termina, tampoco, por cerrarme. Ya me dirán qué opinan.

***

No siempre se puede tener todo. Le habían dicho eso millones de veces. La habían llamado loca, ambiciosa, terca y obstinada. Pero ella sabía lo que quería, y hacía todo lo que estaba a su alcance por conseguirlo. Ella lo quería a ÉlÉl era su jefe. Estaba casado con una mujer hermosa, Mónica, de curvas peligrosas y cabellos artificiales. Tenían dos hijos, María y Luis. Ambos eran perfectos, y todos decían que se parecían a sus padres.
Ella no sabía si en verdad lo amaba, pero lo deseaba con fervor desde que lo había visto por primera vez. Quería tocarlo, quería hacerlo suyo y quería sentirlo desfallecer entre sus brazos. Quería probar su carne, sentirla. Lo quería adentro suyo. Podía sonar posesiva, superficial y arrastrada, pero qué más le daba. Ella quería tenerlo a su lado, en sus sábanas de seda verde, y no le importaba lo que los demás pensaran.
Así que ese día, ese treinta de octubre, fue a trabajar, como todos los viernes. Pero, en vez de dirigirse a su lugar de trabajo, fue directamente hacia el pasillo del otro lado, donde se encontraba la oficina de Él. Allí, al no ver a nadie, aprovechó para desabrocharse todos los botones de su blusa esmeralda —dejando entrever su delicado sostén—, despeinarse un poco y pintarse con un brillo carmín los labios, que la hacían lucir sensual y deseable.
Entró sin golpear la puerta, y jamás se arrepentiría de algo tanto como se arrepintió de haber hecho eso: Mónica estaba acostada en el escritorio de su marido, con la pollera olvidada en el suelo y la camisa toda desabrochada; no llevaba brasierÉl estaba encima suyo, acariciando con furia y frenesí sus desnudos muslos, mientras besaba con delirio y fervor los apetitosos senos de su mujer.
Quiso gritar, quiso armar un escándalo; quiso vomitar y quiso salir huyendo. Pero no hizo nada de eso. Sólo se quedó ahí, impávida, con los ojos abiertos como platos y la boca seca. Recién unos segundos después, cuando Mónica dejó escapar un nuevo gemido, dejó escapar un grito ahogado por las lágrimas de impotencia que bañaban su rostro.
Nunca supo si Él se dio vuelta y corrió hacia ella; nunca supo si Mónica gritó como niña estúpida… nunca supo qué pasó después. Sólo supo que corrió y corrió lejos de allí, con la camisa desabotonada y el rímel corrido; supo que salió del edificio y llegó a su casa entre ligeros temblores, después de haberse perdido unas cinco veces, aunque ya había perdido el rumbo mucho tiempo atrás.
Estaba llorando a mares cuando cerró la puerta de entrada. Su vida no tenía sentido, era una mierda. Ella se la había arruinado: era una inútil, una idiota que no servía para nada. No había caso con ella. Había dejado de querer vivir desde hacía mucho.
Quería sacar esas imágenes que no debería haber visto de su cabeza; la hacían sentir podrida, sucia. Cerró los ojos, intentando calmarse, pero seguía reviviendo la escena una y otra vez. Se tapó los oídos, desesperada, pero esos malditos gemidos seguían resonando dentro de sí. Contuvo la respiración, pero el perfume de Mónica seguía presente en ella. Empezó a revolear y a romper cosas, pero no podía dejar de pensar en eso. Intentó dejar la mente en blanco, pero fue en vano. Gritó, gritó como si estuvieran matándola, pero el sonido de los gemidos era aún más fuerte.
Y fue ahí cuando tomó la decisión. Fue hacia la cocina y tomó un cuchillo. Después, entró a su desordenado baño y tomó una hoja de afeitar que su ex se había dejado olvidada. Temblaba como una hoja, seguía gritando como una loca y esas imágenes la estaban desesperando.
Sin pensarlo, como en un acto defensivo, como si fuera un reflejo, acercó la Gillete a su oreja derecha y se la cortó. La sangre salía a borbotones, y ella gritaba cada vez más fuerte; de dolor y de impresión. Quería desmayarse, pero no sabía cómo. Estaba mareada y todo daba vueltas; estaba perdiendo demasiada sangre. Ya no tenía una oreja, pero los malditos gemidos todavía retumbaban en su cabeza.
Entonces, fuera de sí, se cortó con el cuchillo debajo de su ojo izquierdo. Pero, aunque la sangre le impidiese ver y el dolor la enloqueciera, esas condenadas imágenes seguían reproduciéndose una y otra vez dentro de su mente.
Más desesperada todavía, muerta por el dolor físico y presa de la demencia interna, se tapó con algodón ambos agujeros de la nariz, y se vendó con cinta toda la boca. Sentía cómo dejaba de respirar; era asfixiante, era horrible, y dolía. Su piel se ponía cada vez más pálida, y estaba cada vez cubierta de más y más sangre.
En ese momento, cuando sentía que sólo le quedaba un hálito de vida, se clavó el cuchillo en el corazón. Pero incluso así, lo último en lo que pensó fue en Él. En Él con Mónica, en su escritorio. En ellos dos, amándose. Haciendo lo que ella jamás pudo hacer. Y ni siquiera entonces había logrado matarse: ella había muerto mucho antes, cuando se había olvidado de cómo vivir.

¡Qué alegría me llevé al ver tu comentario, Dr. Watson! Creo que tenés  razón en todo lo que decís (me salió la vena argentina, perdón), y te agradezco nuevamente todo el tiempo que seguís tomándote para leerme y aconsejarme. Coincido también con lo de los fanfics; ya he dejado de escribirlos, de todos modos. Estoy intentando trabajar con originales, pero aún le tengo miedo a los longs. Te dejaría mi perfil de PF, pero juro que me da muchísima vergüenza. Así que, en lugar de eso -y espero me disculpes-, dejaré a continuación un original de un solo capítulo. A mí en lo personal no me cierra, pero aun así quiero adjuntarlo acá (por favor tengan en cuenta que fue mi primer intento de escribir algo así…). Gracias por leerme (:

***

         Pisada, pisada, grito. El silencio. Pisada, pisada, llanto. El silencio otra vez. Estaba sentada en el pulcro escritorio que adornaba su lúgubre habitación, como todos los días. Las paredes, pintadas de color gris opaco, estaban desgastadas y arruinadas. Las lamparitas apenas sí funcionaban, y la oscuridad que entraba por el airoso ventanal llenaba con su negrura el lugar. Eran las once de la noche y la casa estaba desierta. La Luna llena brillaba, imponente, en lo alto del cielo, repleto de estrellas. Hacía mucho frío y el rocío bañaba el césped del patio trasero de aquella casona. 
          Haydée, una joven muchacha un tanto solitaria y muy hermosa, estaba inmóvil, sintiendo la presencia de aquella niña espectral. Sus llantos penosos y lastimeros le apenaban; sus gritos desgarradores la atemorizaban.
          Sentía miedo por la niña de cabellos opacos. Curiosidad por sus ojos avellana, humedecidos por las cristalinas lágrimas. Le cohibía sentir su esencia; esa mirada taladrándola sin flaquezas. La incertidumbre por no poder verla como —sabía— la niña la observaba a ella. Era absurdo; no la había visto jamás, pero sabía cómo era, inexplicablemente. Iba más allá de la lógica y el sentido común. Pero para ella, era una certeza.
          Haydée no era una muchacha como las demás. Se había acostumbrado a vivir en soledad. Su hermana mayor, que tenía unos veinte años cumplidos hacía poco, vivía con ella, pero se había ido de parranda con sus amigos esa noche.
Haydée sabía que era diferente; que todo lo que experimentaba, le ocurría sólo a ella. Sabía que no era normal que oyera las voces de nadie, y que supiese cosas que jamás había aprendido… cosas que nadie le había enseñado.
          Tenía quince años y era bastante esbelta. Su rostro era pálido y sus facciones eran las de una muñequita de porcelana. Lucía un cabello dorado lacio y largo hasta la cintura, y unos ojos grises y profundos. Sus rasgos faciales eran finos y delicados. Haydée era joven y tenía toda una vida por delante, pero muy raramente salía de su casa. Veía a sus padres una vez al mes, pero en ese punto de su vida, ya ni le molestaba. De hecho, se sentía cómoda y relajada ahora que su hermana no estaba. Era fría, tal vez, pero así la habían criado. A veces, sólo a veces, le alarmaba todo lo que le sucedía cuando se quedaba sola.
          A la noche, dormía tres o cuatro horas. Apenas comía, pero parecía estar perfecta de salud. Durante el día, no hacía mucho. Iba al colegio sólo a la mañana, pero le parecía mejor así.
          Ella había nacido en Chile, al igual que su madre y su hermana. Sin embargo, se habían mudado a la Argentina cuando Haydée tenía siete años, en busca de un trabajo mejor para su madre. Allí, ella había conocido a quien sería el amor de su vida: el embajador de Argentina en Chile, quien había vuelto a su lugar de origen a visitar a su madre, que estaba enferma en aquel momento. Apenas se conocieron, en una gala del ministerio, supieron que eran el uno para el otro. Él era regordete, canoso, malhumorado y tacaño, pero ella creía que era todo un príncipe azul. La madre de Haydée, Lorena, era petisa y delgada. Tenía unos rulos indomables color caoba, y unos ojos grises como los de su hija. Era bastante amable y simpática; tendía a minimizar las situaciones de riesgo y a ser medio ciega cuando quería. Sin embargo, de alguna manera, ellos se complementaban, se atraían. Eran como polos opuestos.
          Entonces, por el trabajo de su padrastro, los cuatro se habían mudado a Venezuela, dejando a familiares, amigos y a toda una vida detrás. Todo eso había ocurrido cuando Haydée tenía trece años. Llevaba dos viviendo allí, en Caracas, pero seguía sintiendo que no pertenecía a ese lugar. Así que, sencillamente, se había retraído en su muralla de hielo.
          Esos llantos eran como un suplicio, una tortura; una condena. No sabía qué podía hacerle esa niña; la conexión que las unía era totalmente absurda, no la entendía. Y eso la atemorizaba más aún.
          Le habían contado, como si de un diálogo casual se tratase, que los anteriores habitantes de la oscura mansión habían muerto allí, cincuenta años antes, en una situación muy extraña y misteriosa. Había demasiados baches en la historia como para intentar comprenderla; muchas veces se perdía el hilo de la narración y algunos detalles, por más insignificantes que fueren, resultaban demasiado inverosímiles para ser verdad. Por lo tanto, nunca se había llegado a una conclusión certera. Así y todo, Haydée intuía —por no decir que, también inexplicablemente, lo sabía— que no había sido algo natural.
          Pisada, pisada, grito. El silencio sepulcral, la mirada insistente. La presencia lúgubre. Otra vez la niña. Sus llantos desgarradores, las lágrimas impolutas. Los escalofríos recorriendo el cuerpo de Haydée, y sus vellos erizándose. Las cortinas moviéndose y los murmullos incesantes inundando con su fantasmal sonido toda la habitación. El frío omnipresente, y el miedo genuino y oscuro, como un juego macabro. Un presagio negro, y una sombra sigilosa. La vieja muñeca, los muebles desvencijados, y la mirada maldita y desafiante.
          Haydée, tan asustada como si fuese la primera vez, se posó en su lecho, quitando la frazada de seda negra, y arrojando bien lejos y con fuerza a la muñeca de ojos grana. Apoyó su cabeza sobre sus rodillas, intentando serenarse. Era una sensación estúpida; había experimentado situaciones así de extrañas en muchísimas ocasiones, sin sentir tanto miedo, pero intuía que esa vez era diferente; un pavor genuino se apoderaba de su ser. 
          Un grito proveniente de lo más hondo de su corazón escapó de su boca sin pedir permiso. Ya no se sentía protegida, como solía ser. La mirada de la translúcida niña fantasma se posaba en ella, con dureza, destilando rencor. La muñeca caía y caía, rápidamente, en la otra punta del cuarto de la joven.
          La niña se deslizaba muy lentamente, con elegancia, con delicadeza, como midiendo sus pasos. Haydée seguía gimiendo, desesperada como nunca antes, acurrucándose contra la pared y aferrándose al único recuerdo que conservaba de sus padres, intacto: un osito de peluche, de un color níveo puro, que tenía un corazón rojo como el fuego entre las manos. Sentía el frío cada vez que la niña se acercaba. No importaba que no la viera con los ojos, en ese momento la sentía como si fuese parte de ella misma. Haydée apretó el botón que había en el peluche, detrás de su cabeza, y la grabación con las voces de sus progenitores llenaron la habitación con su nostálgico sonido: “Te amamos, hija”.
          Los lamentos de la niña se oían cada vez más fuertes y dolorosos. Apenas hubo terminado la grabación, un gemido de terrible dolor había resonado en la cabeza de Haydée, quien no pudo evitar temblar imperceptiblemente. La niña seguía caminando, aproximándose a la joven y a su pequeño peluche. Ella quería correr y correr, muy lejos de allí; pero estaba contra la pared, enfrentándose a una niña que no podía ver, completamente sola y desprotegida.
          Entonces, en ese mismo momento, lo sintió. Fue un instante, tal vez, antes de volverse completamente loca. Experimentó un frío glacial, incómodo, indescriptible. Sintió que un cuchillo le atravesaba el corazón sin piedad. Fueron unos segundos, pero Haydée se sintió desfallecer. Si se hubiera muerto allí, tal vez habría tenido suerte. Pero no fue eso lo que sucedió.
          Después del frío, llegó el desconcierto. El desasosiego. La zozobra. Súbitamente, sin entender, se veía a sí misma. Primero creyó que todo era producto de su imaginación; pero no era así. Era real: estaba viéndose. Pero no era ella. Era otra. Era la niña, pero en su cuerpo. Se podría decir que era un calco de Haydée, una copia, una imitación; mas unos ojos rojos iluminaban diabólicamente su rostro.
          Y Haydée, pues, ya no era nada. No era más que una sombra, un susurro, la misma oscuridad. Era frío y maldad, era terror, pero no era nada. Estaba hueca, vacía, como un llanto que se pierde en los oscuros mares del tiempo. Había sido vida y había sido alegría, pero ahora sólo era muerte y tristeza. Ya no era amor, ahora era odio. Todo por una grabación que antaño la habría reconfortado en innumerables ocasiones; por unas voces familiares, un “te amamos, hija” para nada casual. Fue en ese momento, tenso y lúgubre, cuando la niña huérfana, la llorona, le usurpó su vida y su alegría. Su alma y su corazón. En ese instante, sintió un frío glacial e inhumano, y se convirtió en nada más que una ilusión.
          La niña era ella, pero ella había sido reducida a nada. Y mientras el oso de peluche era destruido por aquella muchacha que no era Haydée, mientras una risa estruendosa y terrorífica resonaba en toda la casona ese treinta y uno de octubre, cuando el crimen se cometía otra y otra vez, después de cincuenta años, Haydée lloraba, perdiendo la razón.EternamenteHaydée lloraba.
           Pisada, pisada, grito. Pisada, pisada, llanto. Gemidos de pánico, y una historia que se repite.

¡Hola!

Oh, sí, ¡estoy viva! Y no los dejé abandonados. ¿Cómo olvidarme de este blog? Y más importante, ¿cómo hacer para olvidarme de este badfic esta historia? No, no podría hacerlo.

Pero yendo ya a lo que nos incumbe hoy, les voy a decir la verdad: intenté modificar esta historia muchísimas veces. Juro que lo intenté. Quise cambiarla, pero además de estar mal escrita, es aburrida, es sosa y no tiene trama (o más o menos). Todos los personajes son planos, los diálogos dan asco… y bueno, el fanfic en sí no tiene razón de ser. Ni la ortografía, que yo siempre creí que era mi fuerte, está bien en esta historia. Hablando con claridad, admitámoslo: es un badfic en toda regla. No creo que tenga arreglo ya, y aunque me pese, no tiene sentido seguir con él.

Le agradezco un millón de veces a Dr. Watson por haberme abierto los ojos. Creo que si no lo hubiera hecho, aún hoy yo podría estar escribiendo abominaciones historias como estas por aquí y por allá. No, los lectores merecen un poco de respeto.

Así que sí, siento mucho dejar la historias inconclusa, pero sinceramente no vale la pena, y ya no tiene ningún sentido negarlo. Yo lo superé, y por eso hoy me digné a pasarme por acá.

Perdonen por haberles hecho leer esa basura, y más aún por dejarla sin un final. Igual, no sé a dónde iba a parar ese fanfic, pero no podía ser nada bueno. Es mejor así, ¿o no?

Ahora, quería contarles que estoy escribiendo en PotterFics. Tengo muchísimas historias publicadas; originales, sobre Harry Potter, sobre Memorias de Idhún (Laura Gallego García), y algunos otros libros o películas. Les dejaría el link, pero ahí también tengo mucha basura publicada. La borraría, como también a este blog, pero los comentarios me impiden hacerlo. Se los agradezco infinitamente.

Lo que sí, pensé en tomar algunas de las historias que publiqué en mi cuenta en PF, las que yo considero aceptables, y dejárselas acá. Sé que nadie tendrá ganas de leer más “intentos de historia” de la mano de su servidora -por no decir que, tal vez, ni sepan quién soy-, pero igual los cuelgo, porque siento mucho haberlos decepcionado así.

Intentaré no dejarlo colgado; lo prometo.

Y una vez más, lo único que me queda por decir es que lo siento, pero que les agradezco a ustedes por todo.

¡Saludos!

Mai.

THIS IS IT.

Hola, sí. Miren, no estoy de humor, y creo que con éso digo todo. He tomado una decisión que no les gustará, pero creo que es lo mejor. Por una vez, tengo que pensar sólo en mí misma y en mi opinión, aunque suene muy egoísta. Porque, como me dijo una amiga, “Uno escribe para la gente, pero también para uno mismo”. Déjenme que les explique.

Vayamos por partes. No abandonaré esta historia definitivamente, tan sólo lo haré por el momento.

Lo que pasa es que he releído esta historia, y no puedo creer lo desastrosa que es. Por favor no me vengan con que no es así, porque todos sabes que estoy en lo correcto. Si este fic lo hubiera escrito alguien más, tengan por seguro que habría dejado de leerlo al terminar el primer capítulo. Nunca había notado lo malo que es, y ahora me arrepiento profundamente de no haberlo hecho antes.

La decisión que he tomado no es abandonar este fic, no. Porque, aunque no me siento a gusto con él, odio que las cosas no tengan el final que se merecen, que queden por ahí inconclusas. Nada de éso. Tampoco es que voy a abandonarlo temporalmente, sino que no voy a publicar más en este blog. A lo que me refiero es a que voy a reescribirlo, con las mismas ideas, por supuesto. De los primeros seis capítulos no quedará ni rastro, ni del capítulo sobre el Hogwart’s Express. A los demás trataré de mejorarlos, puesto que creo que no están del todo mal, gracias a las sugerencias de Dr. Watson, claro está.

El único capítulo que me gusta es el 11, y estoy segura de que en unas semanas más, me parecerá basura. Estoy de un humor de perros, y no me soporto ni yo misma.

Cuando tenga TODA la historia terminada, recién ahí la publicaré en otro blog que crearé más adelante. (luego les dejo el link) Así podré publicar una vez por semana, y editar los capítulos en ese período.

Sé que deben odiarme, que me deben considerar una desagradecida por no retribuirles por sus bellos comentarios, pero no me juzguen. Estoy muy decepcionada de lo que escribí. Nunca creí que estuviera tan mal. Sabía que habían errores importantes, pero nunca pensé que era para tanto. Me dejé llevar por los comentarios de mis amigos diciéndome lo buena que era la historia. Todo éso logró cegarme, haciéndome creer que mi historia era buena.

Dr. Watson, en su momento, me hizo cambiar de opinión y ver mis errores, pero nunca logré comprender cuán importantes eran.

No haré cambios demasiado grandes a la trama de la historia, sólo cambiaré dos cosas relevantes: James ya no se llamará así (no me pregunten el nombre nuevo, no lo sé y, por el momento, tampoco me importa) y éste pertenecerá a Gryffindor. No pregunten por qué, sólo lo quiero así, y creo que es mejor.

Sé que pensarán de mí cosas que no quiero ni imaginarme, sé que me odiarán, me considerarán una desagradecida, caprichosa, inmadura, irresponsable, y muchas, MUCHÍSIMAS cosas más; pero, por el momento, la verdad es que no me importa. Me siento demasiado egoísta, y siento éso. Pero, como ya dije, en este momento, sólo me interesa mi opinión, aunque después me de cuenta de que estaba equivocada.

Lo siento por los que fueron fieles para con la historia y con mi persona. Pero no sé qué decirles, me siento muy desilusionada. Sentía que estaba haciendo un buen trabajo, y la verdad cayó a mí como un balde de agua helada.

No me importa lo que piensen de mí. En este momento, me siento demasiado insensible. No puedo creer lo malo que es mi fic, nunca consideré que fuera para tanto.

Así que lo siento, pero no sé qué más decirles. Reescribiré la historia, sé que será mejor, y espero que llegue a ser buena y llene mis expectativas. No me pondré una fecha fija, ya que no quiero apurarme. Últimamente, sentía que escribir esta historia era un compromiso, y no algo que hacía por diversión, tal y como debe ser.

Pues bien, no abandonaré la historia. Estaré trabajando en ella, empezando desde cero, desde el principio. Lo haré lo mejor que pueda, en serio. Pero puede que tarde demasiado, y la verdad es que éso ya no me importa. Publicaré el prólogo en cuanto tenga listo el epílogo, así podré actualizar una vez por semana sin necesidad de apurarme.

Siento mucho ésto, pero creo firmemente que es lo mejor.

Cuando una persona dejaba su fic botado, yo le decía “Hey no te derrumbes, mira que hasta a Rowling le pegaron un portazo en la cara”, me lo repito constantemente y con un demonio, ¡no funciona! Pero yo empezaré de nuevo y lo publicaré en cuanto esté terminado, pero no abandonaré este proyecto porque, pese a todo, me encariñé con él.

DISCULPAS. Espero logren entender aunque sea un ápice mi situación, y si no, ¡rayos!, sólo me queda decir que son LO MEJOR. Gracias, miles y millones de gracias por todo, Dr. Watson, Caro y Daiko. En cuanto cree el blog y tenga el fic terminado, les dejaré aquí el link. Si no quieren saber nada más de mí, por supuesto que lo entenderé. Sé que es completamente irracional lo que hago, que los castigo sin mesura, que no los tomo en cuenta y soy egoísta, pero necesito estar a gusto con lo que escribo.

Así que lo siento, y espero logren entender. Si no, bueno, lo lamentaré, pero será sólo culpa mía. Entonces, sólo me queda decirles GRACIAS, MILLONES DE GRACIAS, nunca seré capaz de hacerlo como se deba.

Lo siento en serio, pero necesito que esta historia me guste a mí también.

Prometo ponerme las pilas y terminar en cuanto pueda.

Saludos y, nuevamente, GRACIAS POR TODO LO QUE HICIERON POR MÍ.

Hola, sí, sé que lo que les dejaré a continuación es extremadamente corto, sé que les debo un capítulo de unas 10.000 palabras por mi retraso, pero todos sabemos que eso jamás pasará. Esperarán, al menos, un capítulo cerca de las 1.000 palabras, pero no, ni eso pude escribir. Déjenme que me explique. Empecé este capítulo hace muchísimo tiempo, en Octubre, según creo. Pero no sé, la inspiración se fue al drenaje, y aún no sé cómo continuar esta historia. Sí sé el final, lo tengo pensado casi desde el inicio del fic; lo que no sé, es cómo llegar hasta ahí. Tengo ideas, por supuesto, pero no con qué seguir esta “parte”, pero algo se me ocurrirá.

Mientras tanto, quería dejarles lo que tengo escrito, porque creo que sería un abuso hacerlos esperar más tiempo. Sé que probablemente me odiarán, y lo entiendo perfectamente. Pero en serio no lo puedo continuar, y por eso me disculpo. (Sé que me he disculpado muchísimo más de lo que he escrito, pero ya encontraré algún modo de recompensarlos.)

Bueno, a leer.

Go.

Capítulo 11: Su misión. (Parte I)

Los tomó prisioneros y los ató con el miedo reflejado en sus plateados ojos. Comenzó a caminar lentamente hacia el principio de su futuro, aquél sinuoso camino que había sido trazado sólo para él. Él, el elegido. Scorpius Malfoy. No quería hacerlo, lo sabía, pero no podía dejarlo ahora. No quería realizar la misión que le habían encomendado. Él era amigo de los Potter, de las comadrejas y sus compinches. Scorpius no una rata traicionera. Él, sencillamente, no era un traidor, y no quería serlo; él era un Gryffindor, uno verdadero. Pero ése era su destino, su angustioso deber. Sólo era un pequeño engranaje en el ingenioso plan maquinado por el Señor L, que marchaba sin obstáculo alguno, sin resistencia por parte de los que, según él, pronto serían derrotados y sometidos.

Draco, sin embargo, apoyaba a su hijo. Él había sufrido mucho en su época de Mortífago, y su deseo no era que su único hijo pasara por la misma lamentable situación. Él se había afligido, atemorizado, se había sentido cerca de cruzar la línea entre la cordura y la locura. Había dejado a Albus Dumbledore, el mejor mago de todos los tiempos, indefenso, sangrando en las cuerdas. Draco nunca había sido un Mortífago de verdad, había terminado estando en el bando de San Potter y la Orden del Pajarraco, o como se llamara aquella ridícula organización.

Pero Draco intuía que, pese a todo, no podía detener a su padre, la mano derecha y consejero del líder. Éste estaba en una posición muy buena en todo sentido, y no sabía qué hacer para lograr desacreditarlo. ¡Su hijo, Scor! Pensando en él se le escapó una pequeña lágrima, pero se la secó de inmediato, casi mecánicamente. Pese a detestar a su padre, seguía siendo un Malfoy, y un Malfoy no tiene permitido llorar, nunca. Sin embargo, él ya no era un Malfoy, hecho y derecho. Muy en el fondo, Draco era diferente. Él conservaba los sentimientos que su padre había intentado arrancarle, y que su madre, ¡Su madre!, ¡Cómo la necesitaba!, le había ayudado a esconder y preservar.

Él se había enamorado de la maldita Sangre Sucia que tanto había odiado (Pero, ¿¡La había odiado realmente!?), y la había visto irse con el Weasley ése, terminando él destrozado, quebrado, simplemente vacío. Él merecía a alquien mejor que Astoria, a quien no quería realmente. Ella terminaría sufriendo, y él no podía evitarlo. No sentía nada por ella, así que no lograría sentir remordimiento alguno en el momento de tomar la decisión final.

Scorpius logró llegar al despacho del señor Filch, quien estaba completa y totalmente dormido. Vertió una pócima en
los labios del aborrecido y al mismo tiempo querido celador, dejándolo sumido en un profundo sueño por un período de tiempo indefinido.

Tenía que seguir con la misión; había llegado lejos, y ya no podía darse la vuelta y marcharse como tantas veces había hecho en el pasado. Esta vez era definitivo, y ya nada podía hacer para evitarlo. Tenía que continuar, no podía caer y dejar todo atrás; él tenía que llegar a la meta, pese a no ser ése su verdadero deseo. Era complicado hasta para sí mismo, pero si no lo llevaba a cabo, él lo mataría sin piedad.

Así que siguió andando, parecía no haber un final, pero Scorpius sabía que sí lo había y que allí llegaría, porque ése era su destino, así le gustase o no.

Nuevamente les pido perdón, pero ahora, que no tengo ninguna obligación, subiré la segunda parte en, como máximo, una semana, lo prometo.

Así que sólo me resta decirles… ¡Feliz año nuevo! Muchísimas gracias a: Dr. Watson, por estar siempre ahí, para dejarme esa crítica suya que tanto me ayuda a mejorar, a Daiko , por estar siempre presente, apoyándome, sean cuales sean mis decisiones, y a Caro, que nunca deja de alentarme.
Daiko, ésto es para ti:  Sé que dejé tu fic abandonado y no lo leo desde hace unos meses. Siento muchísimo eso, pero hoy mismo me pondré a leer lo que me falta, porque es fantástico.
Sin más que decir, me despido de ustedes.
¡Saludos y Feliz 2010!
Maite.
PD: ¡Feliz cumpleaños, Riddle!

HELLO WORLD!! Cómo están? Sé que soy un completo desastre, pero ya casi; no falta tanto, lo juro. Terminé los exámenes esta semana, así que ya falta poco. No prometo publicar antes del 17, y dudo que lo haga. Pero bueno, quería por lo menos cambiar un poco el blog, creo que no escribía una entrada desde hace un mes, o puede que incluso más. De todos modos, sepan que el capítulo XI está en proceso de escritura.

Saludos, visitantes del blog,

Maite!