¡Dr. Watson! ¡Buenas! Como siempre, muchísimas gracias por seguir leyéndome fielmente. Yo no creo que sea una buena historia de terror (de hecho, me parece que es incapaz de asustar a nadie), pero no me parece que esté tan mal tampoco. Gracias también por dejarme siempre tus opiniones, críticas y consejos, son realmente muy útiles. Acá vengo a dejar otro cuento, que me gusta un poco más que el anterior pero que no termina, tampoco, por cerrarme. Ya me dirán qué opinan.
***
No siempre se puede tener todo. Le habían dicho eso millones de veces. La habían llamado loca, ambiciosa, terca y obstinada. Pero ella sabía lo que quería, y hacía todo lo que estaba a su alcance por conseguirlo. Ella lo quería a Él. Él era su jefe. Estaba casado con una mujer hermosa, Mónica, de curvas peligrosas y cabellos artificiales. Tenían dos hijos, María y Luis. Ambos eran perfectos, y todos decían que se parecían a sus padres.
Ella no sabía si en verdad lo amaba, pero lo deseaba con fervor desde que lo había visto por primera vez. Quería tocarlo, quería hacerlo suyo y quería sentirlo desfallecer entre sus brazos. Quería probar su carne, sentirla. Lo quería adentro suyo. Podía sonar posesiva, superficial y arrastrada, pero qué más le daba. Ella quería tenerlo a su lado, en sus sábanas de seda verde, y no le importaba lo que los demás pensaran.
Así que ese día, ese treinta de octubre, fue a trabajar, como todos los viernes. Pero, en vez de dirigirse a su lugar de trabajo, fue directamente hacia el pasillo del otro lado, donde se encontraba la oficina de Él. Allí, al no ver a nadie, aprovechó para desabrocharse todos los botones de su blusa esmeralda —dejando entrever su delicado sostén—, despeinarse un poco y pintarse con un brillo carmín los labios, que la hacían lucir sensual y deseable.
Entró sin golpear la puerta, y jamás se arrepentiría de algo tanto como se arrepintió de haber hecho eso: Mónica estaba acostada en el escritorio de su marido, con la pollera olvidada en el suelo y la camisa toda desabrochada; no llevaba brasier. Él estaba encima suyo, acariciando con furia y frenesí sus desnudos muslos, mientras besaba con delirio y fervor los apetitosos senos de su mujer.
Quiso gritar, quiso armar un escándalo; quiso vomitar y quiso salir huyendo. Pero no hizo nada de eso. Sólo se quedó ahí, impávida, con los ojos abiertos como platos y la boca seca. Recién unos segundos después, cuando Mónica dejó escapar un nuevo gemido, dejó escapar un grito ahogado por las lágrimas de impotencia que bañaban su rostro.
Nunca supo si Él se dio vuelta y corrió hacia ella; nunca supo si Mónica gritó como niña estúpida… nunca supo qué pasó después. Sólo supo que corrió y corrió lejos de allí, con la camisa desabotonada y el rímel corrido; supo que salió del edificio y llegó a su casa entre ligeros temblores, después de haberse perdido unas cinco veces, aunque ya había perdido el rumbo mucho tiempo atrás.
Estaba llorando a mares cuando cerró la puerta de entrada. Su vida no tenía sentido, era una mierda. Ella se la había arruinado: era una inútil, una idiota que no servía para nada. No había caso con ella. Había dejado de querer vivir desde hacía mucho.
Quería sacar esas imágenes que no debería haber visto de su cabeza; la hacían sentir podrida, sucia. Cerró los ojos, intentando calmarse, pero seguía reviviendo la escena una y otra vez. Se tapó los oídos, desesperada, pero esos malditos gemidos seguían resonando dentro de sí. Contuvo la respiración, pero el perfume de Mónica seguía presente en ella. Empezó a revolear y a romper cosas, pero no podía dejar de pensar en eso. Intentó dejar la mente en blanco, pero fue en vano. Gritó, gritó como si estuvieran matándola, pero el sonido de los gemidos era aún más fuerte.
Y fue ahí cuando tomó la decisión. Fue hacia la cocina y tomó un cuchillo. Después, entró a su desordenado baño y tomó una hoja de afeitar que su ex se había dejado olvidada. Temblaba como una hoja, seguía gritando como una loca y esas imágenes la estaban desesperando.
Sin pensarlo, como en un acto defensivo, como si fuera un reflejo, acercó la Gillete a su oreja derecha y se la cortó. La sangre salía a borbotones, y ella gritaba cada vez más fuerte; de dolor y de impresión. Quería desmayarse, pero no sabía cómo. Estaba mareada y todo daba vueltas; estaba perdiendo demasiada sangre. Ya no tenía una oreja, pero los malditos gemidos todavía retumbaban en su cabeza.
Entonces, fuera de sí, se cortó con el cuchillo debajo de su ojo izquierdo. Pero, aunque la sangre le impidiese ver y el dolor la enloqueciera, esas condenadas imágenes seguían reproduciéndose una y otra vez dentro de su mente.
Más desesperada todavía, muerta por el dolor físico y presa de la demencia interna, se tapó con algodón ambos agujeros de la nariz, y se vendó con cinta toda la boca. Sentía cómo dejaba de respirar; era asfixiante, era horrible, y dolía. Su piel se ponía cada vez más pálida, y estaba cada vez cubierta de más y más sangre.
En ese momento, cuando sentía que sólo le quedaba un hálito de vida, se clavó el cuchillo en el corazón. Pero incluso así, lo último en lo que pensó fue en Él. En Él con Mónica, en su escritorio. En ellos dos, amándose. Haciendo lo que ella jamás pudo hacer. Y ni siquiera entonces había logrado matarse: ella había muerto mucho antes, cuando se había olvidado de cómo vivir.
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Ejém…
… Yo lo definiría también como macabro. En serio, el terror nace con naturalidad.
El anterior sí era de terror, un terror increíblemente arraigado en los cimientos de la humanidad. Creo que el mejor terror que puedes llegar a hacer es el que se basa en el miedo del hombre, porque en las entrañas de la humanidad misma nace el verdadero temor. La exploración que haces en este cuento de las emociones humanas más desquiciadas, además de darle cierto tinte demencial, con el añadido de la brusquedad, el stacatto, el final abrupto y desordenado… todo eso es lo que le confiere un carácter terrorífico o macabro.
Está muy bien escrito, de verdad, con mucha maestría. Un poco más de pulimiento y podría pasar como un cuento de Cortázar. Creo que necesitas seguir profundizando en ese tinte caótico, en el engañar al lector. Intenta que todo sea mucho más confuso, que el lector tenga que esforzarse mucho por entender qué ocurre y que se sienta tamién impotente ante el hecho de no saber qué está sucediendo. Plantea retos a tu público. Aunque no lo parezca, los espectadores de calidad aprecian más que el autor no les dé lo que quieren, sino que juegue con ellos. A los lectores les gustan que los sobreestimen al punto tal de darles muchos retos.
Ahora bien. Está muy de moda el hecho de ser explícito si se quiere introducir un factor sensualista en un relato. El hecho de que esté de moda responde a que vivimos una época social exhitista en que eso es lo rentable, eso es lo que el mundo quiere, eso es lo que todos quieren alcanzar. El ataque a los sentidos es natural en la narrativa actual (por lo poco que he leído de los modernos, hay muy pocas cosas en las que se omita el aspecto sexual). No quiero imponerte nada al respecto, tú misma eres todo lo libre que quieres ser a la hora de escribir, pero sí te daré mi opinión en esos aspectos.
Es imprecindible la sutileza a lo pornográfico. De hecho, “pornografía” no quiere decir algo “sexualmente explícito” sino algo “explícito”. Puedes ser pornográfico cuando no dejas lugar a la imaginación del oyente al componer una obra, por ejemplo. Esa es la definición: no dejar nada a la imaginación.
Ha existido casi siempre en la literatura, aunque de formas mucho más veladas y atrapantes. La descripción estricta y detallada del acto carnal, al menos en mi opinión, le resta un punto a favor del relato (dejar que el lector se imagine lo que quiera). Al menos en estos temas es mejor ser discreto, pues el hecho de describir minuciosamente podría devenir en una burda obsenización de la historia hasta caer en la vulgaridad.
No me entiendas mal: tu cuento me pareció extraordinario. Es perfecto así como está. Aunque yo sólo le cambiaría esa parte. Al menos yo, con las insinuaciones habría quedado más que satisfecho como lector. El punto céntrico de la historia es el suicidio per se, y si bien el desencadenante es esa visión, hay que tener cuidado con la sobreestimación de un hecho en concreto, pues llevaría al detrimento del centro.
Como sea, ¡me ha encantado! Tienes aspectos muy interesantes y jugosos, y muchos de ellos están muy bien explotados, te lo puedo asegurar.
Y por nada, chica, que para mí es un verdadero placer poder ser de ayuda en lo que necesites. Y de verdad me interesa mucho el seguimiento de tu evolución como escritora. Que me da a mí que te estás subestimando demasiado.
Así que ya sabes: ¡Ánimo, que vas bien encaminada!
John H. Watson
Médico militar retirado