¡Qué alegría me llevé al ver tu comentario, Dr. Watson! Creo que tenés razón en todo lo que decís (me salió la vena argentina, perdón), y te agradezco nuevamente todo el tiempo que seguís tomándote para leerme y aconsejarme. Coincido también con lo de los fanfics; ya he dejado de escribirlos, de todos modos. Estoy intentando trabajar con originales, pero aún le tengo miedo a los longs. Te dejaría mi perfil de PF, pero juro que me da muchísima vergüenza. Así que, en lugar de eso -y espero me disculpes-, dejaré a continuación un original de un solo capítulo. A mí en lo personal no me cierra, pero aun así quiero adjuntarlo acá (por favor tengan en cuenta que fue mi primer intento de escribir algo así…). Gracias por leerme (:
***
Pisada, pisada, grito. El silencio. Pisada, pisada, llanto. El silencio otra vez. Estaba sentada en el pulcro escritorio que adornaba su lúgubre habitación, como todos los días. Las paredes, pintadas de color gris opaco, estaban desgastadas y arruinadas. Las lamparitas apenas sí funcionaban, y la oscuridad que entraba por el airoso ventanal llenaba con su negrura el lugar. Eran las once de la noche y la casa estaba desierta. La Luna llena brillaba, imponente, en lo alto del cielo, repleto de estrellas. Hacía mucho frío y el rocío bañaba el césped del patio trasero de aquella casona.
Haydée, una joven muchacha un tanto solitaria y muy hermosa, estaba inmóvil, sintiendo la presencia de aquella niña espectral. Sus llantos penosos y lastimeros le apenaban; sus gritos desgarradores la atemorizaban.
Sentía miedo por la niña de cabellos opacos. Curiosidad por sus ojos avellana, humedecidos por las cristalinas lágrimas. Le cohibía sentir su esencia; esa mirada taladrándola sin flaquezas. La incertidumbre por no poder verla como —sabía— la niña la observaba a ella. Era absurdo; no la había visto jamás, pero sabía cómo era, inexplicablemente. Iba más allá de la lógica y el sentido común. Pero para ella, era una certeza.
Haydée no era una muchacha como las demás. Se había acostumbrado a vivir en soledad. Su hermana mayor, que tenía unos veinte años cumplidos hacía poco, vivía con ella, pero se había ido de parranda con sus amigos esa noche.
Haydée sabía que era diferente; que todo lo que experimentaba, le ocurría sólo a ella. Sabía que no era normal que oyera las voces de nadie, y que supiese cosas que jamás había aprendido… cosas que nadie le había enseñado.
Tenía quince años y era bastante esbelta. Su rostro era pálido y sus facciones eran las de una muñequita de porcelana. Lucía un cabello dorado lacio y largo hasta la cintura, y unos ojos grises y profundos. Sus rasgos faciales eran finos y delicados. Haydée era joven y tenía toda una vida por delante, pero muy raramente salía de su casa. Veía a sus padres una vez al mes, pero en ese punto de su vida, ya ni le molestaba. De hecho, se sentía cómoda y relajada ahora que su hermana no estaba. Era fría, tal vez, pero así la habían criado. A veces, sólo a veces, le alarmaba todo lo que le sucedía cuando se quedaba sola.
A la noche, dormía tres o cuatro horas. Apenas comía, pero parecía estar perfecta de salud. Durante el día, no hacía mucho. Iba al colegio sólo a la mañana, pero le parecía mejor así.
Ella había nacido en Chile, al igual que su madre y su hermana. Sin embargo, se habían mudado a la Argentina cuando Haydée tenía siete años, en busca de un trabajo mejor para su madre. Allí, ella había conocido a quien sería el amor de su vida: el embajador de Argentina en Chile, quien había vuelto a su lugar de origen a visitar a su madre, que estaba enferma en aquel momento. Apenas se conocieron, en una gala del ministerio, supieron que eran el uno para el otro. Él era regordete, canoso, malhumorado y tacaño, pero ella creía que era todo un príncipe azul. La madre de Haydée, Lorena, era petisa y delgada. Tenía unos rulos indomables color caoba, y unos ojos grises como los de su hija. Era bastante amable y simpática; tendía a minimizar las situaciones de riesgo y a ser medio ciega cuando quería. Sin embargo, de alguna manera, ellos se complementaban, se atraían. Eran como polos opuestos.
Entonces, por el trabajo de su padrastro, los cuatro se habían mudado a Venezuela, dejando a familiares, amigos y a toda una vida detrás. Todo eso había ocurrido cuando Haydée tenía trece años. Llevaba dos viviendo allí, en Caracas, pero seguía sintiendo que no pertenecía a ese lugar. Así que, sencillamente, se había retraído en su muralla de hielo.
Esos llantos eran como un suplicio, una tortura; una condena. No sabía qué podía hacerle esa niña; la conexión que las unía era totalmente absurda, no la entendía. Y eso la atemorizaba más aún.
Le habían contado, como si de un diálogo casual se tratase, que los anteriores habitantes de la oscura mansión habían muerto allí, cincuenta años antes, en una situación muy extraña y misteriosa. Había demasiados baches en la historia como para intentar comprenderla; muchas veces se perdía el hilo de la narración y algunos detalles, por más insignificantes que fueren, resultaban demasiado inverosímiles para ser verdad. Por lo tanto, nunca se había llegado a una conclusión certera. Así y todo, Haydée intuía —por no decir que, también inexplicablemente, lo sabía— que no había sido algo natural.
Pisada, pisada, grito. El silencio sepulcral, la mirada insistente. La presencia lúgubre. Otra vez la niña. Sus llantos desgarradores, las lágrimas impolutas. Los escalofríos recorriendo el cuerpo de Haydée, y sus vellos erizándose. Las cortinas moviéndose y los murmullos incesantes inundando con su fantasmal sonido toda la habitación. El frío omnipresente, y el miedo genuino y oscuro, como un juego macabro. Un presagio negro, y una sombra sigilosa. La vieja muñeca, los muebles desvencijados, y la mirada maldita y desafiante.
Haydée, tan asustada como si fuese la primera vez, se posó en su lecho, quitando la frazada de seda negra, y arrojando bien lejos y con fuerza a la muñeca de ojos grana. Apoyó su cabeza sobre sus rodillas, intentando serenarse. Era una sensación estúpida; había experimentado situaciones así de extrañas en muchísimas ocasiones, sin sentir tanto miedo, pero intuía que esa vez era diferente; un pavor genuino se apoderaba de su ser.
Un grito proveniente de lo más hondo de su corazón escapó de su boca sin pedir permiso. Ya no se sentía protegida, como solía ser. La mirada de la translúcida niña fantasma se posaba en ella, con dureza, destilando rencor. La muñeca caía y caía, rápidamente, en la otra punta del cuarto de la joven.
La niña se deslizaba muy lentamente, con elegancia, con delicadeza, como midiendo sus pasos. Haydée seguía gimiendo, desesperada como nunca antes, acurrucándose contra la pared y aferrándose al único recuerdo que conservaba de sus padres, intacto: un osito de peluche, de un color níveo puro, que tenía un corazón rojo como el fuego entre las manos. Sentía el frío cada vez que la niña se acercaba. No importaba que no la viera con los ojos, en ese momento la sentía como si fuese parte de ella misma. Haydée apretó el botón que había en el peluche, detrás de su cabeza, y la grabación con las voces de sus progenitores llenaron la habitación con su nostálgico sonido: “Te amamos, hija”.
Los lamentos de la niña se oían cada vez más fuertes y dolorosos. Apenas hubo terminado la grabación, un gemido de terrible dolor había resonado en la cabeza de Haydée, quien no pudo evitar temblar imperceptiblemente. La niña seguía caminando, aproximándose a la joven y a su pequeño peluche. Ella quería correr y correr, muy lejos de allí; pero estaba contra la pared, enfrentándose a una niña que no podía ver, completamente sola y desprotegida.
Entonces, en ese mismo momento, lo sintió. Fue un instante, tal vez, antes de volverse completamente loca. Experimentó un frío glacial, incómodo, indescriptible. Sintió que un cuchillo le atravesaba el corazón sin piedad. Fueron unos segundos, pero Haydée se sintió desfallecer. Si se hubiera muerto allí, tal vez habría tenido suerte. Pero no fue eso lo que sucedió.
Después del frío, llegó el desconcierto. El desasosiego. La zozobra. Súbitamente, sin entender, se veía a sí misma. Primero creyó que todo era producto de su imaginación; pero no era así. Era real: estaba viéndose. Pero no era ella. Era otra. Era la niña, pero en su cuerpo. Se podría decir que era un calco de Haydée, una copia, una imitación; mas unos ojos rojos iluminaban diabólicamente su rostro.
Y Haydée, pues, ya no era nada. No era más que una sombra, un susurro, la misma oscuridad. Era frío y maldad, era terror, pero no era nada. Estaba hueca, vacía, como un llanto que se pierde en los oscuros mares del tiempo. Había sido vida y había sido alegría, pero ahora sólo era muerte y tristeza. Ya no era amor, ahora era odio. Todo por una grabación que antaño la habría reconfortado en innumerables ocasiones; por unas voces familiares, un “te amamos, hija” para nada casual. Fue en ese momento, tenso y lúgubre, cuando la niña huérfana, la llorona, le usurpó su vida y su alegría. Su alma y su corazón. En ese instante, sintió un frío glacial e inhumano, y se convirtió en nada más que una ilusión.
La niña era ella, pero ella había sido reducida a nada. Y mientras el oso de peluche era destruido por aquella muchacha que no era Haydée, mientras una risa estruendosa y terrorífica resonaba en toda la casona ese treinta y uno de octubre, cuando el crimen se cometía otra y otra vez, después de cincuenta años, Haydée lloraba, perdiendo la razón.Eternamente, Haydée lloraba.
Pisada, pisada, grito. Pisada, pisada, llanto. Gemidos de pánico, y una historia que se repite.
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Siento la tardanza. Motivos que escapan a mi voluntad me han impedido leer el cuento (aunque tenía noticias de él) hasta este momento.
Después de haberlo leído sólo me queda decirte una cosa.
¡Eres muy perfeccionista!
¡Es brillante! ¡BRILLANTE! Y no va en joda, es realmente atrapante, es maravilloso.
A ver. Sí. Se podría decir que no es lo más original del mundo. Pero sí es original. Historia de este tipo hay y por cientos (te recomiendo que leas las leyendas de Bécker), pero lo que hace de ellos la delicia es la forma que tiene su autor de contarlos. Y tú lo has contado de una forma excelsa, te lo puedo garantizar. Esto no es fantasía, esto es terror. Poe no era muy de fantasmas, pero sí que le habría gustado esa atmósfera, ese ambiente que le imprimes a la historia.
Es un cuento excelente, no veo porqué no te termina de convencer. De acuerdo, he notado una o dos cuestiones sintácticas, pero es que eso se corrige sacando comas y revisando bien las oraciones. ¡Lo que me importa es la historia! ¡Eso es lo verdaderamente increíble!
Bien llevada. Muy conexa. Concisa y en stacatto. ¡Eso sí que es una delicia! Enigmático hacia el principio. Pero nunca se hace tedioso ni soporífero. Incluso da miedo (sobre todo a la hora que lo he leído).
Esto sí es un buen trabajo, un muy buen trabajo. Eso sí (pero esto ya es una cuestión muy peyorativa de mi Latinoamérica), el mejor escenario debía haber sido Francia o algún lugar de Reino Unido (está entre Inglaterra e Irlanda). Pero ya te digo, cualquier otro diría que está perfecto con un escenario en Latinoamérica, pero es que yo soy muy quisquilloso y en eso tengo una beta de Borges (muy patriota no soy, aunque lo soy muy en el fondo).
En suma, muy buena producción, muy buena producción. Ya te lo dije antes: ¡Sigue adelante! ¡No te dejes vencer! Y no seas muy dura contigo misma (si bien es bueno exigirse cierto nivel de calidad); pero tú tranquila, que esto supera ampliamente las espectativas. ¿Le muestras esto a tus profesores de Lengua y Literatura? ¿Dicen algo?
John H. Watson,
médico militar retirado.
P.S. Aparte de las leyendas te recomiendo los cuentos de Poe, quizá te dén algunas ideas.