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Cuando el discurso de principio de año concluyó, (No se puede utilizar magia en los pasillos, y otras absurdas insignificancias según James) tanto alumnos como docentes disfrutaron del banquete más delicioso que James había probado en toda su vida: Pollo a la parrilla, pizza a la piedra, zumo de calabaza, helado de menta, entre otros exquisitos manjares desconocidos para nuestro protagonista.
Mientras tanto, los hombres más jovenes de la familia Potter comían como animales, cual bestias desesperadas, simplemente lo devoraban todo. La pequeña Rose los miraba a todos asqueada, especialmente a Albus, a quien tenía a su lado, en uno de los extremos de la mesa de Ravenclaw. Cuando Albus no comía, ambos conversaban de las vacaciones en La Madriguera, de las divertidas bromas de James Sirius allí y de las visitas de Luna y Neville.
Cuando terminaron de cenar, todos los alumnos se encaminaron hacia sus respectivas salas comunes, siguiendo a los prefectos de sus casas. James y Harold se dirigieron a sus habitaciones. No podían creer lo que sus ojos divisaban, era hermoso, sencillamente perfecto, como el resto del castillo. Las paredes estaban pintadas de amarillo, con un descomunal tejón estampado justo en el centro. Sin embargo, lo primero que ambos vieron fueron sus respectivas camas, que desprendían un aire de comodidad infinita. Habían, además, dos armarios de desgastada madera, que resultaban un tanto rústicos.
Más tarde llegaron sus compañeros de habitación: Mark y Luke, que eran mellizos. El cabello de ambos muchachos era castataño claro, y los dos tenían unas cuantas pecas en sus rostros. Eran muy amigables, y no tardaron mucho en trabar amistad. Eran de sangre mestiza, ya que su madre era bruja, pero su padre era un muggle.
Cuando los dos muchachos se durmieron, Harold tomó su ejemplar del profeta y comenzó a leerlo. Eran las diez y media de la noche y todo resultaba bastante monótono, hasta que Harold rompió el sepulcral silencio con un grito ahogado: Arnold Alberts, un maniático asesino serial, había escapado de la prisión de los magos, Azkaban. Harold le explicó a James que era una prisión de máxima seguridad, y muy pocos habían tenido el privilegio de escapar de la misma.
Cuando ambos estaban muy cansados y un tanto soñolientos, se tendieron en sus camas e intentaron dormir, bastante intranquilos. Harold, a pesar de ésto, lo logró casi de inmediato; mientras que James no tuvo éxito. Siempre había sentido miedo y, al mismo tiempo, repugnancia hacia los asesinos, y el hecho de que este loco estuviera suelto lo asustaba sobremanera y, como si no fuera suficiente, Alberts era un mago, y uno muy bueno, si se me permite añadir.
Finalmente, cayó en un sueño intranquilo, pensando que en algún momento atraparían a Alberts, ya que todo el mundo mágico estaba tras él, o que, al menos, el loco ése no lograría penetrar en el castillo. Sin embargo, no todo fue color de rosas esa noche, sino que apenas logró conciliar el sueño tuvo una horrenda pesadilla: El demente lograba entrar en Hogwarts y se dirigía lenta y sigilosamente hacia las mazmorras de Hufflepuff. Al parecer, sabía la contraseña (¡Patas de cabra!), ya que entró rápidamente, sin la más mínima oposición por parte del retrato de los cuatro cantores chiflados. Se encaminaba hacia el tercer dormitorio, el de James y sus amigos, los amarraba a todos a una cuerda, a la que ya estaban sujetos los dos Potter y Rose. Escapaba con éxito del castillo, abandonaba a los niños en una prisión subterránea, donde todos morían de inanición unos días más tarde.
Despertó a eso de las ocho de la mañana, con un sudor frío recorriéndole todo el cuerpo. Se vistió con el uniforme de la instiución antes de que sus amigos se despertaran siquiera, y se fue a desayunar, todavía pensando en su sueño. Apenas probó bocado; sus sentidos no le respondían, pero él ni cuenta se dio.
Se encaminó solitario a la clase de pociones, la primera que le tocaba aquél día, impartida por el profesor Daniels, un hombre joven, de unos veinticinco años de edad, de cabello negro azabache y ojos castaños claros y una tez tostada. Ésa clase la compartían con los alumnos de Gryffindor, por lo que no tendrían problema alguno.
El profesor era sencillamente excelente; uno de los mejores, sin lugar a dudas. Era una persona divertida, pero al mismo tiempo sensata y de mente abierta. Volviendo a la asignatura, el Profesor Daniels les explicó a los alumnos cómo realizar una poción de fantasía, que lograba que el que la probara viviera un sueño mientras estaba en el mundo real, pero verdaderamente no escapaba, como si se escapara y sólo se conservara una débil imitación.
Ese día, James ganó diez puntos para su casa, por haber nombrado correctamente todos los ingredientes necesarios para realizar dicha poción. Sin embargo, Harold tuvo ciertos problemas al realizar la suya y ésta terminó estallando, ya que el niño había confundido dos de los pasos, y el resultado de esa absurda insignificancia fue toda una catástrofe: Destruyó gran parte de las mazmorras y varios alumnos se quemaron la piel, que quedó llena de horrendos granos llenos de pus. Así, logró que el profesor les quitara veinticinco puntos a Huffleppuff, y aquello porque era bueno, porque sino le habrían quitado cincuenta.
Salieron de la clase en ese instante, para que se pudieran reparar los daños hechos. Estuvieron media hora vagando por los corredores, hasta que finalmente llegó la hora para ir a la clase de Defensa Contras las Artes Oscuras, cuyo profesor era Newt Aberon. El salón de clases desprendía un aura un tanto tenebrosa, ya que estaba decorado con diversos artefactos y seres vivos conservados en frascos de vidrio. Era simplemente repugnante.
El profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras era muy serio, pero sus clases eran inmensamente interesantes, ya que era un Auror, y tenía experiencia en defenderse de las malas artes, y transmitía de manera magistral su saber a las nuevas generaciones.
Cuando finalizó la lección, James se dirigió hacia su sala común, ya que los Hufflepufs tenían esa hora libre. En el camino se encontró con Harold y se pusieron a conversar.
Harold seguí avergonzado por lo ocurrido en la clase de pociones, pero su amigo ya lo había olvidado, era irrelevante, según él.
-Fui todo un fracaso, ¿Por cuánto tiempo más me odiarán?
-No fue para tanto y, además, sólo es la primera clase, ¡Anímate!
Siguieron hablando por largo rato y, como suele decirse, el tiempo pasó volando.
Pronto tuvieron que ir a cenar, ya finalizado su primer día de clases, pero no llegaron a destino, ya que alguien los interceptó en el camino. Estaba enmascarado, así que no pudieron reconocerlo. Los tomó a ambos de la corbata y los arrinconó contra la pared. No tuvieron ni tiempo de sacar sus varitas y, aunque lo hubieran logrado, no habrían sabido qué hechizo lanzarle. Lo último que ambos oyeron fue una desquiciada risa, y todo se apagó para ellos.
Cuando el discurso de principio de año concluyó, (No se puede utilizar magia en los pasillos, y otras absurdas insignificancias según James) tanto alumnos como docentes disfrutaron del banquete más delicioso que James había probado en toda su vida: Pollo a la parrilla, pizza a la piedra, zumo de calabaza, helado de menta, entre otros exquisitos manjares desconocidos para nuestro protagonista.
Mientras tanto, los hombres más jóvenes de la familia Potter comían como animales, cual bestias desesperadas, simplemente lo devoraban todo. La pequeña Rose los miraba a todos asqueada, especialmente a Albus, a quien tenía a su lado, en uno de los extremos de la mesa de Ravenclaw. Cuando Albus no comía, ambos conversaban de las vacaciones en La Madriguera, de las divertidas bromas de James Sirius allí y de las visitas de Luna y Neville.
Cuando terminaron de cenar, todos los alumnos se encaminaron hacia sus respectivas salas comunes, siguiendo a los prefectos de sus casas. James y Harold se dirigieron a sus habitaciones. No podían creer lo que sus ojos divisaban, era hermoso, sencillamente perfecto, como el resto del castillo. Las paredes estaban pintadas de amarillo, con un descomunal tejón estampado justo en el centro. Sin embargo, lo primero que ambos vieron fueron sus respectivas camas, que desprendían un aire de comodidad infinita. Habían, además, dos armarios de desgastada madera, que resultaban un tanto rústicos.
Más tarde llegaron sus compañeros de habitación: Mark y Luke, que eran mellizos. El cabello de ambos muchachos era castaño claro, y los dos tenían unas cuantas pecas en sus rostros. Eran muy amigables, y no tardaron mucho en trabar amistad. Eran de sangre mestiza, ya que su madre era bruja, pero su padre era un muggle.
Cuando los dos muchachos se durmieron, Harold tomó su ejemplar del profeta y comenzó a leerlo. Eran las diez y media de la noche y todo resultaba bastante monótono, hasta que Harold rompió el sepulcral silencio con un grito ahogado: Arnold Alberts, un maniático asesino serial, había escapado de la prisión de los magos, Azkaban. Harold le explicó a James que era una prisión de máxima seguridad, y muy pocos habían tenido el privilegio de escapar de la misma.
Cuando ambos estaban muy cansados y un tanto soñolientos, se tendieron en sus camas e intentaron dormir, bastante intranquilos. Harold, a pesar de ésto, lo logró casi de inmediato; mientras que James no tuvo éxito. Siempre había sentido miedo y, al mismo tiempo, repugnancia hacia los asesinos, y el hecho de que este loco estuviera suelto lo asustaba sobremanera y, como si no fuera suficiente, Alberts era un mago, y uno muy bueno, si se me permite añadir.
Finalmente, cayó en un sueño intranquilo, pensando que en algún momento atraparían a Alberts, ya que todo el mundo mágico estaba tras él, o que, al menos, el loco ése no lograría penetrar en el castillo. Sin embargo, no todo fue color de rosas esa noche, sino que apenas logró conciliar el sueño tuvo una horrenda pesadilla: El demente lograba entrar en Hogwarts y se dirigía lenta y sigilosamente hacia las mazmorras de Hufflepuff. Al parecer, sabía la contraseña (¡Patas de cabra!), ya que entró rápidamente, sin la más mínima oposición por parte del retrato de los cuatro cantores chiflados. Se encaminaba hacia el tercer dormitorio, el de James y sus amigos, los amarraba a todos a una cuerda, a la que ya estaban sujetos los dos Potter y Rose. Escapaba con éxito del castillo, abandonaba a los niños en una prisión subterránea, donde todos morían de inanición unos días más tarde.
Despertó a eso de las ocho de la mañana, con un sudor frío recorriéndole todo el cuerpo. Se vistió con el uniforme de la institución antes de que sus amigos se despertaran siquiera, y se fue a desayunar, todavía pensando en su sueño. Apenas probó bocado; sus sentidos no le respondían, pero él ni cuenta se dio.
Se encaminó solitario a la clase de pociones, la primera que le tocaba aquél día, impartida por el profesor Daniels, un hombre joven, de unos veinticinco años de edad, de cabello negro azabache y ojos castaños claros y una tez tostada. Ésa clase la compartían con los alumnos de Gryffindor, por lo que no tendrían problema alguno.
El profesor era sencillamente excelente; uno de los mejores, sin lugar a dudas. Era una persona divertida, pero al mismo tiempo sensata y de mente abierta. Volviendo a la asignatura, el Profesor Daniels les explicó a los alumnos cómo realizar una poción de fantasía, que lograba que el que la probara viviera un sueño mientras estaba en el mundo real, pero verdaderamente no escapaba, como si se escapara y sólo se conservara una débil imitación.
Ese día, James ganó diez puntos para su casa, por haber nombrado correctamente todos los ingredientes necesarios para realizar dicha poción. Sin embargo, Harold tuvo ciertos problemas al realizar la suya y ésta terminó estallando, ya que el niño había confundido dos de los pasos, y el resultado de esa absurda insignificancia fue toda una catástrofe: Destruyó gran parte de las mazmorras y varios alumnos se quemaron la piel, que quedó llena de horrendos granos llenos de pus. Así, logró que el profesor les quitara veinticinco puntos a Hufflepuff, y aquello porque era bueno, porque sino le habrían quitado cincuenta.
Salieron de la clase en ese instante, para que se pudieran reparar los daños hechos. Estuvieron media hora vagando por los corredores, hasta que finalmente llegó la hora para ir a la clase de Defensa Contras las Artes Oscuras, cuyo profesor era Newt Aberon. El salón de clases desprendía un aura un tanto tenebrosa, ya que estaba decorado con diversos artefactos y seres vivos conservados en frascos de vidrio. Era simplemente repugnante.
El profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras era muy serio, pero sus clases eran inmensamente interesantes, ya que era un Auror, y tenía experiencia en defenderse de las malas artes, y transmitía de manera magistral su saber a las nuevas generaciones.
Cuando finalizó la lección, James se dirigió hacia su sala común, ya que los Hufflepufs tenían esa hora libre. En el camino se encontró con Harold y se pusieron a conversar.
Harold seguí avergonzado por lo ocurrido en la clase de pociones, pero su amigo ya lo había olvidado, era irrelevante, según él.
-Fui todo un fracaso, ¿Por cuánto tiempo más me odiarán?
-No fue para tanto y, además, sólo es la primera clase, ¡Anímate!
Siguieron hablando por largo rato y, como suele decirse, el tiempo pasó volando.
Pronto tuvieron que ir a cenar, ya finalizado su primer día de clases, pero no llegaron a destino, ya que alguien los interceptó en el camino. Estaba enmascarado, así que no pudieron reconocerlo. Los tomó a ambos de la corbata y los arrinconó contra la pared. No tuvieron ni tiempo de sacar sus varitas y, aunque lo hubieran logrado, no habrían sabido qué hechizo lanzarle. Lo último que ambos oyeron fue una desquiciada risa, y todo se apagó para ellos.
¡No lo creo! Me quedó mucho más largo de lo que creí. ¡¡¡¡¡Tiene más de 2300 palabras!!!!! No me lo esperaba